Los verdaderos escritores no son los que escriben a pluma en
un folio en blanco, son los que aún con el corazón hecho trizas te llenan el
alma. Y nosotros, poeta de bar y musa de un ginebra barato fuimos algo así
como un desastre conmovedor que no por querernos fuimos más grandes o mejores,
pero nos hemos llenado el vacío entre las clavículas y las caderas, a las que
solo me aferraba cuando todo iba en contra y has encontrado la forma de
romperme la coraza que de tantas me ha salvado con una simple mirada entre
bailes pisándonos los pies y besos con sabor a cerveza, así que perdón si en algún momento te quise más que a mí misma, es que nunca he sido la
primera opción de nadie, soy más de ser el cuarto plato que se pudre esperando a
que se acabe el primero, pero entonces llegaste tú y me invitaste a ser tu
primer y último plato y a pesar de que lo nuestro era un amor con más odio que
amor, nadie podrá negar que apostamos hasta el final por ello.
Y
me gustaba cuando nos disfrazábamos de ladrones, robándonos los corazones, o de
payasos, intentando sacarnos una sonrisa de vez en cuando, de cantantes de
garaje, de poetas, de astronautas soñando tocar el cielo y supongo que lo hemos tocado tantas veces que al final lo
hemos desgastado, como el amor, como nuestros labios, como todo y es que a
veces por muchos cojones que le eches a la vida, esta acaba rompiéndote y nosotros,
jurando ser inocentes con las manos llenas de sangre, prometimos estar
echándonos las culpas y aprendiendo cada día una nueva manía del otro.
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